September 19, 2007

Última de Memorial

Cuando me regresó la voz, fue precedida por un llanto involuntario. Quiero decir que lloré sin darme cuenta. Llegué a la casa y en automático encendí el televisor. Pero estaba sucediendo el hallazgo de los niños que ahora llamamos del milagro, y estaba a punto de salir a cuadro la primera imagen de una criatura recién nacida, rescatada de las ruinas después de una semana. Yo miraba eso cuando entró mi marido y me dijo ¿Por qué lloras?
Aquello era la esperanza, ver que no había sido la crueldad absoluta aquel sismo. Y quizá para todos fue un símbolo de fuerza que necesitábamos con desesperación para seguir transitando por esos días difíciles.

Sí, por mucho tiempo me temblaron el estómago y la voz al hablar del terremoto. Hace veinte años que ocurrió, y ahora, mientras escribo, percibo restos de ese nudo ciego que me dejó por dos semanas sin hablar en esos días. Ninguna imagen, ningún ruido, ni una sola voz de las que oí entonces, han desaparecido.

Cuando un texto mío fue seleccionado por La Jornada para ser incluido en el libro del Memorial del 85, todavía no podía escribir gran cosa sobre aquello. Nunca supe cómo  fui seleccionada. Cuando se hizo la presentación del libro acudió mucha gente. Varias de las personas se presentaron en sillas de ruedas o con prótesis. Y esa noche cayeron sobre nosotros, a manera de bálsamo y en comunión, las lágrimas.

Éstas son mis primeras letras, más extensas pero siempre cortas, para explicar un poco aquellos días, después de veinte años.

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