September 19, 2007

Memorial III

Me dirigí caminando hasta donde vivía mi abuelita y donde había dejado cuidando a mis hijos. Llegué cuando comían. No quise nada, me fui a acostar un rato. Le pedí a uno de mis hermanos que me acompañara por la tarde porque había que tender colchones. Caminamos de vuelta y encontramos más gente, menos espacio dónde colocarla. Ahora había que dar cobijas y cepillos de dientes, aconsejar a las personas para conservar la higiene de los baños, tratar de no separar a las familias cuando había que buscarles un espacio para que pasaran ahí la noche.
Y todo sin hablar, sólo escuchando: que todavía oigo gritos, que mis hijos quieren sus juguetes, que me acababan de entregar el departamento…

Y cuando al fin conseguí ponerme en contacto con mi jefe, recibí instrucciones de presentarme en la oficina. No había paso: en el centro había muchos edificios derrumbados, y yo trabajaba en Palacio Nacional. Me dieron salvoconducto del ejército para poder pasar, la zona estaba cercada. La Catedral estuvo en esos días muda como nunca y el reloj de la Torre Latinoamericana no sonaba. Eran sonidos que habían entrado en la costumbre y aún asíeran siempre esperados. La oficina de uno de los jefes estaba apuntalada y no teníamos luz en varias partes. No se podía usar la cafetera y comencé a llevar un termo con café. En los baños no había agua. Nos daba miedo preguntar a los demás cómo estaban.

Los teléfonos ya estaban funcionando y tenía yo instrucciones de anotar todas las solicitudes de ayuda. Y entonces era enterarme que unos no sabían en dónde presentarse a trabajar porque se derrumbaron las oficinas; otros solicitaban apoyo para guardar en bodegas los muebles que rescataron de sus casas; otros necesitaban ayuda para trasladar a sus muertos a sus lugares de entierro, o velatorios o ataúdes.  Así por días, y en el zócalo un hedor terrible y muchas tiendas de campaña. Y yo sin voz, con el sólo nudo apretándome las tripas, la garganta, el corazón. Y la falta descanso, porque con el sueño ahorcado no se puede dormir. Y cuando uno dormitaba en esos días, se despertaba bruscamente porque había sentido, clarísimo, que se movía la tierra, que todo daba vueltas. En mis sueños había incendios, helicópteros desplomados, aguaceros. No temblores.

En la unidad habitacional donde vivía, las personas dormían en sus autos en la zona de las canchas o alrededor de los parques. Las familias dormían en un solo lugar, todos juntos. Nosotros no salimos de la casa porque mi marido, ingeniero civil, me dio su palabra de que el edificio era seguro. Pero ahora me arrepiento de que no nos quedáramos juntos en un cuarto, por más que fueran pequeños y sin una cama grande.

Los taxistas relataban historias espeluznantes de cosas que habían visto: cueros cabelludos que se desprendían de las cabezas de cadáveres que rescataban, medallitas entre los escombros, cuerpos que al ser trasladados se desbarataban. Y las campanas de Catedral igual que yo de mudas.

Me presentaba a trabajar cruzando por el centro como si fuera un planeta destruido del que no se sabe nada. Me recuerdo en esos días como una especie de zombie que hacía sus tareas en estado de sonambulismo: las quejas, los llantos, las solicitudes de tanta gente que al otro lado del teléfono estaba desesperada, rebasada. Me recuerdo escuchando las cifras de los muertos, que se incrementaban a cada momento. Recuerdo las instrucciones que le dieron a mi jefe: a la prensa hay que decirle un diez por ciento. Nunca entendí por qué pensaban que la magnitud de la tragedia era ocultable, por qué creían que con la sola –mala- voluntad podía bajarse el número de muertos. 

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