September 19, 2007

Memorial II

Más tarde, tomar la decisión difícil: ayudar, y en dónde. Ví a un jefe de la oficina donde yo trabajaba pidiendo ayuda para el albergue en que se convirtió el club deportivo de la Secretaría de Hacienda. Listo: me dirigí hacia allá con una escoba en mano. El licenciado había dicho que no había quien barriera y que se estaba juntando la basura. En secreto me pegué una etiqueta en el chaleco, por la parte interna, con mis datos: nombre, dirección, teléfono. Todos sabíamos que iba a volver a temblar. Y todos teníamos miedo.

Para llegar tomé un taxi. Para llegar es un decir, no había manera. La colonia Roma parecía destruida por completo. Le expliqué al taxista que me dirigía a dar ayuda. Él dijo que su corazón de pollo no le permitía estar cerca de tanta desgracia, que con sólo ver la televisión lloraba y su esposa se burlaba. Y su manera de ayudar fue acercarse lo más posible al albergue y no cobrar la dejada.

Al comenzar a barrer procuraba tener la mirada en el piso. Evitaba observar a las personas que habían ido llegando. Pero no podía dejar de escuchar tantos fragmentos de conversación, como si ni siquiera eso, las conversaciones, hubieran podido escapar de ser fragmentos. Y entonces oía que tantos se habían quedado todos en su departamento cuando cayó el edificio, que un niño caminaba todo vestido de polvo preguntando por su madre, cargando sus cuatro años por encima de los escombros sin saber qué había pasado. También tuve que hacerme a un lado cuando entró a toda prisa un grupo de socorristas llevando a una anciana en la camilla, en el momento exacto en el que le daba un infarto. Se gritaban instrucciones unos a otros, le aplicaban algo en la vena, alguien llevaba al vuelo una bolsa de suero, alguien decía que ya no respiraba y yo me despegaba del suelo, me echaba a volar con el zumbido de mis oídos, me escondía tras la respiración que se hacía más agitada y me alarmaba cuando desde allá, en el fondo de mi cabeza, como una voz muy débil, mi conciencia me decía que no podía desmayarme yo también ahí, que sería estúpido, que había ido a ayudar, que no podía estorbar. Entonces me recompuse, tomé en mis manos palpitaciones y zumbidos, respiré hondo con todo y el dolor de pecho y me alejé hasta el extremo más lejano para empezar a barrer de nuevo. Cada que terminaba todo aquel perímetro, tenía que comenzar otra vez. Luego me turné la escoba con las charolas de comida: un recorrido barriendo y el siguiente repartiendo tortas y líquidos. Cuando quise ayudar en la cocina lavando trastes, me echaron fuera por lenta. Así hasta que sentí que tenía que salir un rato de ese mundo que me rebasaba, que me pesaba como una bolsa de pus.

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