Memorial del 85
Esto va a ir por entregas porque es un poco extenso. El día del terremoto nos dejó marcados para siempre, y estas letras son la muestra.
Son las horas cercanas al octubre. Las horas de la noche, la soledad, el calor que me derrite y agobia. De enfermedad interminable y reciente que me deja un cuerpo azorado, débil, cercano ya a lo viejo.
Son horas en las que estuve cercana a los recuerdos del 85 en el DF. Cuánta pena revivimos en los memoriales de la televisión, en la emisión especial de la W con las narraciones de Zabludowsky. Inolvidables primero aquellas sacudidas que nunca habíamos sentido, la imagen repentina que pasó veloz por mi cabeza en la que había una torre –desconocida- rompiéndose y cayendo. Héctor dijo que fue imaginación, yo sé que no. La ví, lo sé porque jamás, en ningún temblor, me había pasado. Creo que fue sólo la imagen de todo lo que se rompía, no fue el retrato de una torre que cayó.
Y después los días aquellos con edificios llenos de goterones, con las plomerías destrozadas, escurriendo su sangre transparente sobre los muros vencidos y las cosas que ya no tenían razón de ser: fotografías, vajillas, ropas… días en los que se me asustó tanto la voz que no salió de mi garganta en dos semanas. Un nudo ciego me tenía cercada con amargura. Un nudo que no podía saber si estaba en el estómado, en la boca o en el corazón. Y como un instinto primitivo, lo único que sabía era que tenía que ayudar, tenía que hacer algo por ellos, los que en verdad sufrieron, los que en verdad perdieron.
Aunque perdimos todos.
Después de ver que en mi familia poco a poco nos concentramos en el departamento de mi abuela, luego de estar en ascuas angustiosas porque no aparecía mi tía Cristina; de recorrer tramos enormes de ciudad para llegar a la casa de mi buely, de intentar y volver a intentar hasta lograr una llamada telefónica; luego de varias horas abrir la puerta y encontrarme con los ojos más grandes y asustados, los de mi tía Cris que iba en el metro y tuvo que cruzar la ciudad viendo hoteles y personas derribadas, guardadas ahí, en sus ojos, para que yo las viera nomás al abrir la puerta, suspendidas de sus lágrimas sustitutas de palabras.
Y luego a comprar pilas, a buscar un radio portátil, el de Coques con forma de mariquita que serviría para escuchar las interminables listas de desaparecidos, las recomendaciones para que no saliéramos, los consejos para surtirnos de víveres, los avisos de suspensión de clases, las solicitudes de cobijas o comida o ayuda para damnificados.
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