September 19, 2007

El recuerdo en las palabras de Paola

Hoy se cumplen 22 años del Terremoto de 1985 en el Distrito Federal. En todos estos años nunca he escrito nada sobre el tema, sobre lo que viví. No es algo que me sea grato recordar, si acaso porque justo minutos antes del primer temblor yo abría mis regalos de cumpleaños, el número 7.
Recuerdo que esa mañana, 19 de Septiembre de 1985, era un día de escuela, después de la alegría de los regalos, alistada ya para la escuela, ibamos de salida, no recuerdo quién abrió la puerta de la casa, ya para salir, cuando empezó el primer temblor, eran las 7 y algo de la mañana, la vecina también estaba parada en su puerta y recuerdo que le decía a mi mamá que se agarrara del marco de la puerta, yo escuchaba a mi perrita Chiquis rascar la puerta del patio como desesperada, yo fuí por ella. Esperamos a que todo dejara de moverse. Vivíamos en el cuarto y último piso de un edificio en una unidad habitacional. Cuando todo quedó quieto, pudimos bajar las escaleras. Cuando nos subimos al coche prendieron el radio para tratar de averiguar algo, pero nada, ni una señal; había un poste que se movía de un lado a otro. En el camino mi mamá resolvió que no iríamos a la escuela y que mejor nos iríamos a casa de mi bisabuela, que vivía en la colonia Roma, una de las más afectadas. En el trayecto de mi casa a la Roma, recuerdo haber visto un montón de gente observando hacia arriba afuera de un edificio que estaba inclinado. Escuchaba sirenas…Cuando llegamos a casa de mi bisabuela, ya estaban ahi otros familiares. Afortunadamente, al edificio donde ella vivía no le había pasado nada, a pesar de lo viejo que era. En el transcurso del día fue llegando toda la familia, ya en la tarde recuerdo que todos estaban preocupados porque faltaba una tía, y no había teléfonos funcionando. Después de horas llegó sana y salva. Resultó que el temblor la agarró en el metro, y tuvieron que caminar por el andén hasta la siguiente estación. Los días siguientes recuerdo que mi mamá y un tío decidieron ir a ayudar a los damnificados. También había un olor putrefacto en algunos puntos de la ciudad. Recuerdo que iban llevando los cuerpos a estadios por la cantidad, además de que nadie sabía quiénes eran ni nadie los reclamaba.

Última de Memorial

Cuando me regresó la voz, fue precedida por un llanto involuntario. Quiero decir que lloré sin darme cuenta. Llegué a la casa y en automático encendí el televisor. Pero estaba sucediendo el hallazgo de los niños que ahora llamamos del milagro, y estaba a punto de salir a cuadro la primera imagen de una criatura recién nacida, rescatada de las ruinas después de una semana. Yo miraba eso cuando entró mi marido y me dijo ¿Por qué lloras?
Aquello era la esperanza, ver que no había sido la crueldad absoluta aquel sismo. Y quizá para todos fue un símbolo de fuerza que necesitábamos con desesperación para seguir transitando por esos días difíciles.

Sí, por mucho tiempo me temblaron el estómago y la voz al hablar del terremoto. Hace veinte años que ocurrió, y ahora, mientras escribo, percibo restos de ese nudo ciego que me dejó por dos semanas sin hablar en esos días. Ninguna imagen, ningún ruido, ni una sola voz de las que oí entonces, han desaparecido.

Cuando un texto mío fue seleccionado por La Jornada para ser incluido en el libro del Memorial del 85, todavía no podía escribir gran cosa sobre aquello. Nunca supe cómo  fui seleccionada. Cuando se hizo la presentación del libro acudió mucha gente. Varias de las personas se presentaron en sillas de ruedas o con prótesis. Y esa noche cayeron sobre nosotros, a manera de bálsamo y en comunión, las lágrimas.

Éstas son mis primeras letras, más extensas pero siempre cortas, para explicar un poco aquellos días, después de veinte años.

Memorial III

Me dirigí caminando hasta donde vivía mi abuelita y donde había dejado cuidando a mis hijos. Llegué cuando comían. No quise nada, me fui a acostar un rato. Le pedí a uno de mis hermanos que me acompañara por la tarde porque había que tender colchones. Caminamos de vuelta y encontramos más gente, menos espacio dónde colocarla. Ahora había que dar cobijas y cepillos de dientes, aconsejar a las personas para conservar la higiene de los baños, tratar de no separar a las familias cuando había que buscarles un espacio para que pasaran ahí la noche.
Y todo sin hablar, sólo escuchando: que todavía oigo gritos, que mis hijos quieren sus juguetes, que me acababan de entregar el departamento…

Y cuando al fin conseguí ponerme en contacto con mi jefe, recibí instrucciones de presentarme en la oficina. No había paso: en el centro había muchos edificios derrumbados, y yo trabajaba en Palacio Nacional. Me dieron salvoconducto del ejército para poder pasar, la zona estaba cercada. La Catedral estuvo en esos días muda como nunca y el reloj de la Torre Latinoamericana no sonaba. Eran sonidos que habían entrado en la costumbre y aún asíeran siempre esperados. La oficina de uno de los jefes estaba apuntalada y no teníamos luz en varias partes. No se podía usar la cafetera y comencé a llevar un termo con café. En los baños no había agua. Nos daba miedo preguntar a los demás cómo estaban.

Los teléfonos ya estaban funcionando y tenía yo instrucciones de anotar todas las solicitudes de ayuda. Y entonces era enterarme que unos no sabían en dónde presentarse a trabajar porque se derrumbaron las oficinas; otros solicitaban apoyo para guardar en bodegas los muebles que rescataron de sus casas; otros necesitaban ayuda para trasladar a sus muertos a sus lugares de entierro, o velatorios o ataúdes.  Así por días, y en el zócalo un hedor terrible y muchas tiendas de campaña. Y yo sin voz, con el sólo nudo apretándome las tripas, la garganta, el corazón. Y la falta descanso, porque con el sueño ahorcado no se puede dormir. Y cuando uno dormitaba en esos días, se despertaba bruscamente porque había sentido, clarísimo, que se movía la tierra, que todo daba vueltas. En mis sueños había incendios, helicópteros desplomados, aguaceros. No temblores.

En la unidad habitacional donde vivía, las personas dormían en sus autos en la zona de las canchas o alrededor de los parques. Las familias dormían en un solo lugar, todos juntos. Nosotros no salimos de la casa porque mi marido, ingeniero civil, me dio su palabra de que el edificio era seguro. Pero ahora me arrepiento de que no nos quedáramos juntos en un cuarto, por más que fueran pequeños y sin una cama grande.

Los taxistas relataban historias espeluznantes de cosas que habían visto: cueros cabelludos que se desprendían de las cabezas de cadáveres que rescataban, medallitas entre los escombros, cuerpos que al ser trasladados se desbarataban. Y las campanas de Catedral igual que yo de mudas.

Me presentaba a trabajar cruzando por el centro como si fuera un planeta destruido del que no se sabe nada. Me recuerdo en esos días como una especie de zombie que hacía sus tareas en estado de sonambulismo: las quejas, los llantos, las solicitudes de tanta gente que al otro lado del teléfono estaba desesperada, rebasada. Me recuerdo escuchando las cifras de los muertos, que se incrementaban a cada momento. Recuerdo las instrucciones que le dieron a mi jefe: a la prensa hay que decirle un diez por ciento. Nunca entendí por qué pensaban que la magnitud de la tragedia era ocultable, por qué creían que con la sola –mala- voluntad podía bajarse el número de muertos. 

Memorial II

Más tarde, tomar la decisión difícil: ayudar, y en dónde. Ví a un jefe de la oficina donde yo trabajaba pidiendo ayuda para el albergue en que se convirtió el club deportivo de la Secretaría de Hacienda. Listo: me dirigí hacia allá con una escoba en mano. El licenciado había dicho que no había quien barriera y que se estaba juntando la basura. En secreto me pegué una etiqueta en el chaleco, por la parte interna, con mis datos: nombre, dirección, teléfono. Todos sabíamos que iba a volver a temblar. Y todos teníamos miedo.

Para llegar tomé un taxi. Para llegar es un decir, no había manera. La colonia Roma parecía destruida por completo. Le expliqué al taxista que me dirigía a dar ayuda. Él dijo que su corazón de pollo no le permitía estar cerca de tanta desgracia, que con sólo ver la televisión lloraba y su esposa se burlaba. Y su manera de ayudar fue acercarse lo más posible al albergue y no cobrar la dejada.

Al comenzar a barrer procuraba tener la mirada en el piso. Evitaba observar a las personas que habían ido llegando. Pero no podía dejar de escuchar tantos fragmentos de conversación, como si ni siquiera eso, las conversaciones, hubieran podido escapar de ser fragmentos. Y entonces oía que tantos se habían quedado todos en su departamento cuando cayó el edificio, que un niño caminaba todo vestido de polvo preguntando por su madre, cargando sus cuatro años por encima de los escombros sin saber qué había pasado. También tuve que hacerme a un lado cuando entró a toda prisa un grupo de socorristas llevando a una anciana en la camilla, en el momento exacto en el que le daba un infarto. Se gritaban instrucciones unos a otros, le aplicaban algo en la vena, alguien llevaba al vuelo una bolsa de suero, alguien decía que ya no respiraba y yo me despegaba del suelo, me echaba a volar con el zumbido de mis oídos, me escondía tras la respiración que se hacía más agitada y me alarmaba cuando desde allá, en el fondo de mi cabeza, como una voz muy débil, mi conciencia me decía que no podía desmayarme yo también ahí, que sería estúpido, que había ido a ayudar, que no podía estorbar. Entonces me recompuse, tomé en mis manos palpitaciones y zumbidos, respiré hondo con todo y el dolor de pecho y me alejé hasta el extremo más lejano para empezar a barrer de nuevo. Cada que terminaba todo aquel perímetro, tenía que comenzar otra vez. Luego me turné la escoba con las charolas de comida: un recorrido barriendo y el siguiente repartiendo tortas y líquidos. Cuando quise ayudar en la cocina lavando trastes, me echaron fuera por lenta. Así hasta que sentí que tenía que salir un rato de ese mundo que me rebasaba, que me pesaba como una bolsa de pus.

Memorial del 85

Esto va a ir por entregas porque es un poco extenso. El día del terremoto nos dejó marcados para siempre, y estas letras son la muestra.

Son las horas cercanas al octubre. Las horas de la noche, la soledad, el calor que me derrite y agobia. De enfermedad interminable y reciente que me deja un cuerpo azorado, débil, cercano ya a lo viejo.

Son horas en las que estuve cercana a los recuerdos del 85 en el DF. Cuánta pena revivimos en los memoriales de la televisión, en la emisión especial de la W con las narraciones de Zabludowsky. Inolvidables primero aquellas sacudidas que nunca habíamos sentido, la imagen repentina que pasó veloz por mi cabeza en la que había una torre –desconocida- rompiéndose y cayendo. Héctor dijo que fue imaginación, yo sé que no. La ví, lo sé porque jamás, en ningún temblor, me había pasado. Creo que fue sólo la imagen de todo lo que se rompía, no fue el retrato de una torre que cayó.
Y después los días aquellos con edificios llenos de goterones, con las plomerías destrozadas, escurriendo su sangre transparente sobre los muros vencidos y las cosas que ya no tenían razón de ser: fotografías, vajillas, ropas… días en los que se me asustó tanto la voz que no salió de mi garganta en dos semanas. Un nudo ciego me tenía cercada con amargura. Un nudo que no podía saber si estaba en el estómado, en la boca o en el corazón. Y como un instinto primitivo, lo único que sabía era que tenía que ayudar, tenía que hacer algo por ellos, los que en verdad sufrieron, los que en verdad perdieron.
Aunque perdimos todos.

Después de ver que en mi familia poco a poco nos concentramos en el departamento de mi abuela, luego de estar en ascuas angustiosas porque no aparecía mi tía Cristina; de recorrer tramos enormes de ciudad para llegar a la casa de mi buely, de intentar y volver a intentar hasta lograr una llamada telefónica; luego de varias horas abrir la puerta y encontrarme con los ojos más grandes y asustados, los de mi tía Cris que iba en el metro y tuvo que cruzar la ciudad viendo hoteles y personas derribadas, guardadas ahí, en sus ojos, para que yo las viera nomás al abrir la puerta, suspendidas de sus lágrimas sustitutas de palabras.
Y luego a comprar pilas, a buscar un radio portátil, el de Coques con forma de mariquita que serviría para escuchar las interminables listas de desaparecidos, las recomendaciones para que no saliéramos, los consejos para surtirnos de víveres, los avisos de suspensión de clases, las solicitudes de cobijas o comida o ayuda para damnificados.

September 17, 2007

A la antigua

Los invitados fueron recibidos en casa de los Machorrro con el jardín adornado con los colores patrios. Se reunió poco más de una veintena de personas dispuestas a festejar El grito o Noche mexicana. Paola puso en las solapas y rebozos unos sombreritos a modo de recuerdo que compusimos con moños y seguritos.
La comida, llevada por las señoras, mexicana y sabrosa dentro de lo que cabe esperar en este lugar en donde el epazote casi ni huele y donde no se encuentran o no se conocen muchas de las delicias culinarias típicas de estas fechas en el centro del país.
De todos modos hubo cochinita, mole, nopales y tostadas además del pipián, el arroz tricolor y los frijoles.
Para el postre Paola y yo hicimos unos pequeños cilindros de cartón forrados con papel de china y flequillos en los extremos. Adentro llevaban tostones de chocolate, un Miguelito y serpentinas. Se llamaban Sorpresas en mis tiempos y además llevaban un juguete diminuto. Los compraba en los estanquillos de la esquina y también podían contener una bolsita con pinole.
La música de marimba ambientó la comida y la charla hasta el momento de que la anfritriona, María, apareció con su bandera, solicitó una escolta y se dispuso a ondear el lábaro patrio mientras los invitados gritamos Viva México.
Vinieron los torneos de balero, que contra lo esperado tuvo muy buenos contendientes, al grado que llegamos poner en duda las habilidades como médicos, constructores, negociantes o las actividades que desarrollen además del balero los señores…
Para las señoras había yo preparado mis matatenas y canicas para todos, pero por falta de una superficie adecuada no se pudo jugar.
Por tanto, seguimos con la lotería. Luego de intentar con varios pares de anteojos prestados para poderla cantar, pude terminar la primera ronda con el triunfo nada menos que de Alex, mi marido. Rechifla generalizada por ser pariente de la que cantaba la lotería pero se pasó a la segunda ronda…con tan mala suerte que esta vez ganó mi cartón, jugado en manos de Francisco mi cuñado. Esta vez el respetable exigió el recuento "baraja por baraja, frijol por frijol" para poner en evidencia cualquier contubernio. Al no haber dicha cosa no hubo más que recibir mi premio y en la siguiente ronda hubo premios casi para todos.
Luego estallaron los "cuetes", unos chifladores muy llamativos que compró el anfitrión, y luego los que solamente suben y truenan poniendo a las señoras sin saber si taparse oídos o narices por el ruido y la cantidad de humo de pólvora…
En realidad fue una noche festejada casi a la antigüita, estuvimos muy contentos y tuve suficiente batería para sostener mi fervor patrio hasta año próximo.
Gracias a los Machorro por su feliz idea del festejo y por invitarnos. Pueden ver algunas fotos aquí.

September 13, 2007

Sigo con la Poesía errante…

 

Poesía Errante 2

Para los increíbles fans que tengo y que me han pedido nuevos textos en el audio, les aviso que anoche Alex y yo hicimos la grabación de la nueva entrega. Si no fuera por él, todos lo sabemos, sencillamente toda esta tecnología sería ignorada por mí. Pero ya que tengo la dicha de poderla aprovechar, pues a darle. Ya me contó lo que es eso de los podcasts y como algunos de ustedes saben, siempre ha sido mi ilusión ser locutora de radio, así que ahora es como jugar a la comidita haciendo mi audición en casa. En esta casa que es la de todos ustedes y que se extiende por el sonido para entrar a las de ustedes y ponernos en sintonía con la poesía.

 

Espero sus comentarios aquí o en mi correo. Saludos 

September 12, 2007

Quizá también soy noche

Es noche. Me levanto del sueño que no pudo envolverme y deambulo por la casa buscando los secretos nocturnos de las cosas, su palpitar oculto a nuestros ojos en el día, cuando la luz es un escudo bajo el cual se ocultan los rumores.

Pensé en oscuridad al levantarme. No había descubierto cuánta luminosidad opone el hombre a la tersa negrura de la noche. Algo teme, por eso hay reflectores en el patio del vecino y lámparas en las calles y focos en los dinteles de las puertas. Teme a su oscuridad. Teme a su lado oscuro. Que las tinieblas lo dejen encontrarse con su lobo. Tiene miedo de ver El Gran Vacío cuando debe enfrentar la oscuridad.

Prefiere que no reposen sus párpados acosados, que se cuelen incansables haces de luz por sus pestañas, en la vigilia o en el sueño, con el sonido de los días o los ladridos de las noches.

Así que no hay secretos en las cosas, ya todo ha sido arrebatado y ni siquiera tenemos la memoria del tiempo en que ls objetos inanimados cobraban vida por las noches, siempre pendientes de no ser descubiertos por algún insomne despistado persiguiendo ovejas.

Esperaba un reencuentro con la noche, con las felices sombras que conocí en la infancia, cuando las horas nocturnas transcurrían en asombro porque miraba parpadear la oscuridad, sentía su pulso acompasado con el mío, miraba absorta recorrer sus velos al amanecer, cuando asomaba el día brillante como siempre, ocultando otra vez la hermosura, el misterio de la noche.

Tampoco está el silencio. Gruñen las calles repletas de motores que recorren sin parar las avenidas, presurosos por ganar las carreteras.

De todos modos es noche. Mi lámpara de pie acompaña la hora del insomnio, como el tic tac venido de otro tiempo que resulta en único vestigio del pasado.

No tengo luna. Lo que brilla a lo lejos no son astros sino neones. Lo que escucho no viene del silencio sino de otra ciudad que no descansa. Quizá todos están levantados en sus casas, caminan en piyamas en busca de las noches y los secretos de las cosas, agazapados en el temor de verse a oscuras, en silencio, enfrente de sus lobos.

Quizá también soy ellos, o noche, o miedo. O lobo. 

September 9, 2007

La doméstica vida

Siempre creí que las rutinas son aburridas. Nunca he podido mantener una rutina más allá de lavarse los dientes o bañarse. Es decir, me refiero a las rutinas de ir siempre a los mismos lugares por años o hacer cosas en la casa que son siempre iguales por épocas. Pero si lo pienso bien, no es tan cierto que me escapo de eso: ya sea de mañana o de noche, riego el jardín cuando me toca. Y no me molesta porque lo disfruto, me gusta hablar con los rosales cuando se hacen los remolones para darme flores, o contemplar el azul de la flor del romero, que ya he dicho que es indescriptible. Tampoco puedo vivir sin tomar café al levantarme, fuerte y negro como mi conciencia, diría mi madre.

Hace rato, mientras sacaba pan del horno para tomar mi café, escuché la tarabilla de mi lavadora tripa-tripa-tripa-tripa… y me hizo gracia ver cómo podemos hacer que las cosas nos hablen, aunque no tenga sentido lo que dice. Otras veces he intentado encontrar qué palabras me dicen los pájaros en sus gorgeos. Será que siempre ando buscando las palabras. Cuando tienen alas o raíces, cuando se abren como flores o cual fauces, cuando nos adormecen o cuando nos aplastan. Están siempre durmiendo, latiendo, doliendo adentro de nosotros, se alojan en el pecho o el cerebro y hasta en el estómago. Salen por nuestra boca como notas musicales o como lancetas, horrendas o perfumadas a cumplir con el designio que les dimos.

Y esta mañana de domingo doméstico se asoman a este sitio a retozar un poco tripa-tripa-tripa-tripa…tengo que ir a tender ropa. 

September 6, 2007

Por si todavía me lee alguien…

Amigas y amigos: lamentablemente había algún error en mi página, de modo que no me enteraba que hubiera comentarios. Me siento halagada de que no sólo me regalen su tiempo para leerme sino además me obsequien sus palabras. Una disiculpa por el silencio al respecto y un abrazo agradecido.

Ah, espero que ya no habrá problemas para enterarme de sus comentarios.