June 15, 2007

Y aqui también sucede

Como cuando estábamos en Monterrey, aquí también se agotan los espacios y de pronto sentimos que no tenemos lugar en ningún lado. Que no hay mucho qué hacer, que se repiten muy seguido los lugares. No importa si la ciudad es chica o grande, igual nos pasa.

Es cuando somos afortunados de querer la casa, de saber estar en casa. Y ahora vienen las añoranzas de las noches y madrugadas jugando con los amigos el dominó cubano, comiendo chuchulucos hasta el hartazgo, divirtiéndonos como enanos, saturándonos de puntos y de cuentas y sonriendo sin parar con las ocurrencias de Miguel Ángel y su prole, su mujer mi amiga, Edgar, Imelda…

Aquí todavía no comenzamos con esa tradición, todavía no terminamos de asentarnos, mi hermanocuñado hace guardias médicas en el hospital, a Paola no le gustan los juegos de mesa, los amigos todavía no se acostumbran a llegar…

Así que en silencio porque Alex toma en este momento su clase de guitarra, con mis perros echados a un lado como siempre y como siempre a punto de lanzar el aullido en cuanto me mueva porque se meten entre las  patas del sillón, en medio de un espacio que ya quiere ser taller me siento a hacer lo que desde que recuerdo hacía cuando estaba sola: escribir. No tengo modo de saber cuántas páginas he escrito en mi vida. Muchas. No las tengo, desde luego. La idea es vaciarme, dejar de ser contenedora de tantísima cosa para que se me pueda llenar otra vez la jicarita. Es un reflejo, escribir. Lo hacía sentada en un columpio y cuando tenía la necesidad muy imperiosa y no llevaba cuadernos, recogía en el parque algún pedazo de cartón y escribía con una ramita. Así es el exorcismo que me hacía para curarme un poco. A veces era mucha la emoción por estar contemplando un atardecer y por recibir en las mejillas un aire indescriptible. A veces era por esa soledad con que nacemos y constantemente descubrimos. A veces era por la rabia de tenerme que poner con la vida como con Sansón a las patadas.

Pero siempre estuvieron, es como si salieran de mis dedos, pequeñas, danzarinas mis letras. No niego que puedan parecer hormigas: a veces semejan una línea interminable y si las toco me pican. Escuecen, lastiman. Pero como cualquier ronchita, al rato se apaciguan. No hay que hacerles tanto caso, supongo. Hay que dejar las letras en cualquier papel y olvidarlas. Cuando volvemos a ellas nos traen de nuevo toda su amargura, aunque también a veces encontramos pequeñas o grandes alegrías olvidadas. Claro, siempre olvidamos a las alegrías. Como si no fueran soles, como si no gorjearan. Entoces es cuando vale repasar las líneas negras, con suerte y encontramos mariposas en lugar de hormigas. O hasta besos.

Ahora paro. Hay que hacer alguna otra cosa cuando ya los dedos se cansaron y los ojos nos reprochan con lágrimas los malos tratos. Hay que ver si hay alguna cosa por hacer en casa, comer una galleta, recortar el tallo de una flor, guardar las copas, colar una taza de café. En fin, vivir un poco esa masa cotidiana que hace que este espacio, en este poco tiempo, se sienta ya como mi casa…

June 14, 2007

A veces viene el mar…

a nuestras vidas cotidianas. Aquí, en el puerto de Ensenada, en donde veo que mucha gente vive sin tener tanto en cuenta la presencia del mar. No se ve desde cualquier lado, hay que buscarlo. Y el encuentro -al menos visual- es como siempre: intenso, espectacular. Algunas veces se hace presente por toda la ciudad por medio del olor: húmedo, salado, fuerte.

Extrañamente, el llamado Mercado Negro, es decir, el mercado de mariscos, tiene en su mayoría pescados pasadísimos de frescos y desde luego el atún local brilla por su ausencia. Por el aspecto que tiene lo que venden, diría que es un atentado no contra la salud: contra la vida. Sólo falta que destilen pus. El olor a amoníaco lastima y los precios por vender prácticamente basura son ridículos.

Siempre pensé que así como en el norte se vende mucha carne y buena, en los puertos debería haber en oferta mucho pescado y bueno. Pero aquí no sucede tal cosa, desconozco la problemática al respecto y tengo que seguir haciendo como siempre, desde que vivíamos en la capital del país: comprar pescado congelado en cualquier supermercado. Irónico y triste. Ni modo. Es otro modo de sentir la presencia del mar. O no. 

June 11, 2007

Siempre igual?

En realidad no sé qué sea: pensamiento, reflexión, depre, la misma canción de siempre… El caso es que a veces una mira para atrás y se encuentra con aquella personita que fue, toda llena de sueños y esperanzas, toda hecha para creer en héroes, en el Ché o Cuba o Gandhi o en amor y paz. Una mira que, como para Mafalda, Vietnam es ahora Irak y que los terroristas están servidos en la charola de plata de Bush para todos los que quieran compartir su mesa. Advertida o inadveridamente.

Una se da cuenta de cuántas cosas han dejado de ser y sin embargo siguen siendo las mismas. Con otros rostros, en otros lugares. Siempre igual.

Es la cuarta ocasión en que sigo escribiendo este mismo texto. Eso indica algo que no logro entender. Quizá deba cambiar de tema para no morderme la lengua, no lo sé…

Lo que decía es que a pesar del tiempo una se siente de veintitrés, por qué más, el corazón le late igual, con muchas ganas, y a pesar de la distinta geografía del mundo y de que las guerras no terminan ni la pobreza tiene fin, una de pronto se levanta con más ganas como si todo eso no pesara ni existiera, como si de verdad la fuerza fuera tanta que se puede poner a luchar por seguir creyendo en sueños y héroes, como si no fueran ya grandes los hijos y los pies danzaran como entonces, los ojos brillaran como entonces…

Entonces, sí,  a veces una piensa, cuando mira su reflejo, ese rostro conocido pero un tanto avejentado con apenas huellas de esos vuelos y esos brillos. Una piensa en si no será mejor dejarse avasallar por el colesterol o el reumatismo, arrinconarse con una cobijita, pensar que no existió Mafalda y que habrá que aprender a vivir quietecita y a quedarse calladita.

Y claro que viene la revuelta en el cerebro, y la lucha entre la osteoporosis y pensar que trepar al aparato de ejecicios me va a quitar algunos años y mejor aún, muchos achaques. Entre pensar que ya se hizo lo que se pudo y ya no puede hacerse más, de todos modos el mundo no ha cambiado, Mafalda está vigente y nuestras canas no ayudan. En fin, la cuestión cotidiana de hacer lo que debo, esperar hacer lo que quiero, desear hacer más de lo que puedo, etcétera.

 Y quizá todo eso lo vivimos para que, finalmente, todo sigua igual. ¿Ttodo sigue igual?

 

June 2, 2007

Todo nuevo

 

Comenzamos a empacar en enero, convencidos de haber tomado una buena decisión. En realidad, nada nos detenía en la ciudad donde vivíamos y el clima era algo a lo que nunca nos pudimos adaptar. Dejar la ciudad de las montañas, entonces, fue la meta. Para poder llegar al mar, a la bruma, al lugar en donde la temperatura, al menos para nosotros, es ideal.

Cerrar ciclos de clases, exposiciones, trabajos. Dejar en suspensión a los amigos, aunarlos a la lista de nuestros amigos a distancia. Y el trabajo, el grandísimo trabajo de empacar. La mudanza contó 105 cajas además de todos los muebles. Y le tomó una semana llegar al otro extremo del país. Prácticamente, de una costa a la otra por la parte más ancha.

Nosotros empacamos lo que pudo caber en mi autito, acomodamos a nuestros dos perros en los asientos de atrás, pasamos la noche previa al viaje en casa de nuestros hospitalarios y entrañables vecinos, y partimos de madrugada hacia Laredo para hacer el recorrido por el otro lado con la idea de ahorrar en casetas y gasolina, y evitarnos la desastrosa inseguridad de nuestras carreteras.

 Y al cabo de dos días, entramos por la espectacular carretera escénica a Ensenada, con la emoción de haber terminado una parte de la aventura y estar apenas pisando el umbral del resto. Cinco días de campamento en una casa vacía, sobre un colchón de aire, intentando hacer trámites para obtener servicios de gas y teléfono, buscando plomeros y electricistas porque la casa había estado desocupada muchos meses y requería varios arreglos.

Y el día de madres llegó nuestra mudanza a las nueve de la mañana. Nos causó sorpresa que mucho de lo que bajaban del camión tenía como destino mi estudio. Cajas y cajas y cajas. Mi material de artista plástica, mis libros de escritora, el material de clases para mis alumnos, los libros de arte, los libros, los libros… y fue hasta hoy, hasta este día, que he podido organizar precariamente el contenido de las cajas para acomodarme en este nuevo espacio, para irlo sintiendo y escuchando para poder hacerlo mío. 

 Lo demás ya lo había estado acomodando, sobre todo la cocina, que es el corazón de la casa. Una estufa con horno que funciona es alggo que no tenía desde hace seis años. La estrené haciendo molletes en la casa todavía vacía para cumplirle un antojo a Paola. Pero falta, y mucho: apenas llegó hoy la tela que elegí para unas cortinas en la recámara (mientras tanto despertamos con mucha luz), nos faltan tapetes, no estamos seguros de que nos falten muebles con cajones para guardar ropa porque los clósets no tienen, no tenemos sala todavía y así por el estilo.

El baño es enorme y tiene espacios que en realidad no pueden servir de mucho, estoy estudiando la  manera de aprovecharlo. Alex no ha podido avanzar en su desempaque y su ropa sigue en bolsas, sus libros en cajas, las cajas sobre el colchón, etcétera. Como quiera, ya le vamos viendo cara de casa a nuestro hogar. Y al menos he dejado de soñar que, o voy manejando (por el viaje en carretera) o estoy abriendo cajas… 

Por si fuera poco, hoy dí una clase de pintura en una escuelita que está enfrente de mi casa. Unos doce niños me hicieron feliz después de estos dos meses de no dar clases. Intento dar un taller de verano en casa, pero a lo mejor es todavía muy pronto.
Alex, los niños  y yo nos estamos adaptando. A todos nos ha hecho mal algo, no sé si la comida, el agua o el aire, porque nos hemos enfermado del estómago. Menos Estuardo, que come piedras y no le pasa nada. Los humores de nosotros han estado muy volubles aunque procuramos que no haya roces. Tensión sí hay porque el desorden, el caos, nos altera. Y porque no me resulta fácil tomar las cosas con la debida calma.

 

Si me leen, amigos, ya lo saben: no falta mucho tiempo para que estemos de nuevo en la condición de querer recibirlos a todos para que conozcan este lugar apartado y hermoso, un rincón cerca del mar…