Y aqui también sucede
Como cuando estábamos en Monterrey, aquí también se agotan los espacios y de pronto sentimos que no tenemos lugar en ningún lado. Que no hay mucho qué hacer, que se repiten muy seguido los lugares. No importa si la ciudad es chica o grande, igual nos pasa.
Es cuando somos afortunados de querer la casa, de saber estar en casa. Y ahora vienen las añoranzas de las noches y madrugadas jugando con los amigos el dominó cubano, comiendo chuchulucos hasta el hartazgo, divirtiéndonos como enanos, saturándonos de puntos y de cuentas y sonriendo sin parar con las ocurrencias de Miguel Ángel y su prole, su mujer mi amiga, Edgar, Imelda…
Aquí todavía no comenzamos con esa tradición, todavía no terminamos de asentarnos, mi hermanocuñado hace guardias médicas en el hospital, a Paola no le gustan los juegos de mesa, los amigos todavía no se acostumbran a llegar…
Así que en silencio porque Alex toma en este momento su clase de guitarra, con mis perros echados a un lado como siempre y como siempre a punto de lanzar el aullido en cuanto me mueva porque se meten entre las patas del sillón, en medio de un espacio que ya quiere ser taller me siento a hacer lo que desde que recuerdo hacía cuando estaba sola: escribir. No tengo modo de saber cuántas páginas he escrito en mi vida. Muchas. No las tengo, desde luego. La idea es vaciarme, dejar de ser contenedora de tantísima cosa para que se me pueda llenar otra vez la jicarita. Es un reflejo, escribir. Lo hacía sentada en un columpio y cuando tenía la necesidad muy imperiosa y no llevaba cuadernos, recogía en el parque algún pedazo de cartón y escribía con una ramita. Así es el exorcismo que me hacía para curarme un poco. A veces era mucha la emoción por estar contemplando un atardecer y por recibir en las mejillas un aire indescriptible. A veces era por esa soledad con que nacemos y constantemente descubrimos. A veces era por la rabia de tenerme que poner con la vida como con Sansón a las patadas.
Pero siempre estuvieron, es como si salieran de mis dedos, pequeñas, danzarinas mis letras. No niego que puedan parecer hormigas: a veces semejan una línea interminable y si las toco me pican. Escuecen, lastiman. Pero como cualquier ronchita, al rato se apaciguan. No hay que hacerles tanto caso, supongo. Hay que dejar las letras en cualquier papel y olvidarlas. Cuando volvemos a ellas nos traen de nuevo toda su amargura, aunque también a veces encontramos pequeñas o grandes alegrías olvidadas. Claro, siempre olvidamos a las alegrías. Como si no fueran soles, como si no gorjearan. Entoces es cuando vale repasar las líneas negras, con suerte y encontramos mariposas en lugar de hormigas. O hasta besos.
Ahora paro. Hay que hacer alguna otra cosa cuando ya los dedos se cansaron y los ojos nos reprochan con lágrimas los malos tratos. Hay que ver si hay alguna cosa por hacer en casa, comer una galleta, recortar el tallo de una flor, guardar las copas, colar una taza de café. En fin, vivir un poco esa masa cotidiana que hace que este espacio, en este poco tiempo, se sienta ya como mi casa…- Uncategorized | Time: 9:33 pm (UTC+8) No Comments »
